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13/8/20

El Sindrome De Münchausen - Por Horacio Castillo


Fue descripto por primera vez por el Dr. Asher en el año 1951, en un artículo publicado en la revista Lancet, donde señalaba a partir de la recopilación de una serie de casos estudiados por él, la rareza de este fenómeno y sus extrañas presentaciones clínicas. Más tarde, en 1977, el Dr. Meadow, R., escribe un artículo llamado Síndrome de Münchausen por proximidad, basado en la relación abusiva de un adulto con un niño en función de que aquel, ocupa un lugar de poder en la relación.

Señalan estos autores que la presentación de este cuadro clínico en los niños, se caracteriza por que, generalmente la madre, lleva al niño al hospital demandando atención especializada, requiriendo múltiples y complejos estudios, para descubrir la índole de la enfermedad que aqueja a su hijo y de la cual ella afirma que debe responder a alguna enfermedad, sea esta conocida o no.

La madre es colaboradora con el personal hospitalario, es afectuosa, se presenta con un esmero y cuidado por el niño fuera de lo común, con lo que aparentemente es una verdadera preocupación por la salud del niño, sin embargo no hay angustia.

La diversidad de síntomas físicos y psíquicos que padecen estos niños, pudiendo ser estos reales a artificiales, presentan como nota distintiva que la aparición de los mismos, es creada o inducida por la madre. Es decir, los síntomas se vinculan directamente a su presencia o ausencia, mejoran o desaparecen en ausencia de la madre, y vuelven a aparecer en presencia de ésta.

Suele suceder que el conjunto de síntomas no se ajuste a ningún cuadro médico conocido, o por el contrario, del relato de los padres la enfermedad sea casi de manual. Esto obliga naturalmente de parte de los médicos a tomar los recaudos necesarios para determinar un diagnóstico, aunque generalmente no se logra dar con un claro cuadro de la enfermedad. Tal situación, plantea la posibilidad de que la enfermedad sea ficticia. Con esto queremos decir que desde el paradigma médico, no existe patología orgánica alguna en la cual el cuerpo esté comprometido. De aquí, que la intervención deba apuntar hacia otras formas de tratamiento.

Comienza así la sospecha que la naturaleza de la enfermedad transcurre por el carril de lo psicológico o psiquiátrico, y que el niño es víctima de una forma de vínculo con la madre, en la cual ella induce o crea los síntomas por los cuales dice que el niño sufre. Se vislumbra así en el horizonte diagnóstico la posibilidad del abuso o maltrato infantil.

Cuando esto es advertido por los padres, la posición de los mismos cambia. Ya no desean que el niño sea atendido, plantean que los médicos carecen de pericia para saber qué les pasa, y de aquella extraña devoción, amor y cuidado que solían manifestar por su hijo, se pasa a una desconfianza paranoide, donde ante la derivación al servicio de psiquiatría o psicopatología, utilizan la misma como excusa para emprender la huida e ir a consultar en otro lugar, transformándose esto en una interminable carrera hospitalaria sin posibilidad de que adviertan su implicación en la patología del niño.

La existencia real de síntomas en el cuerpo, no basta o no es suficiente para determinar la existencia de patología médica. Los médicos, como ningún otro profesional de la salud, pueden estar completamente seguros de que no hay enfermedad, por lo cual la problemática ética en estos casos, se instala en el mismo seno del saber profesional.

Esto plantea a veces el problema de la verdadera enfermedad, es decir, ¿el paciente está enfermo? Tal sucedía en el S. XIX con la histérica, a la cual se acusaba de simuladora, ya que no había en sus síntomas ninguna referencia verificable en el orden anátomo patológico.

Sabemos que la histeria presenta estos síntomas en el cuerpo en la forma conversiva, es decir un conflicto psíquico se transmuta en el cuerpo, por ejemplo en vómitos, dolores de cabeza, mareos, etc. Sin embargo, los síntomas que se presentan en el Síndrome de Münchausen son completamente distintos, por lo cual el cuadro genera confusión y grandes dificultades a la hora del diagnóstico, ya que la presencia de alteraciones o la suposición de que existen, da lugar a las medidas terapéuticas que el profesional a cargo considera pertinentes para el caso.

La complejidad de este síndrome resulta de su particular presentación, ya que la fabricación y creación de falsas historias clínicas, las hospitalizaciones en diversas instituciones médicas (ingresos y re-ingresos constantes), los innumerables estudios clínicos por los cuales atraviesan los niños, la alteración de los análisis o la administración abrupta de medicamentos, generan la actitud de no descartar una verdadera patología, sobre todo teniendo en cuenta que la madre suele presentar ciertos conocimientos en relación a las enfermedades y procedimientos técnicos que deben realizarse. Este saber, reviste importancia por la significación que lo médico adquiere en la historia vital de la madre. Así es que suele observarse este síndrome en gente que trabaja o es allegada a las instituciones hospitalarias o bien en padres con familiares médicos.

Se advierte de esta manera que el niño es víctima de la violencia ejercida por la madre, pero cuya manifestación está velada por un discurso que se adecua a la preocupación socialmente esperable por la salud de los hijos. Es por esto que señalamos que bajo el rostro del amor manifestado por la madre, en realidad se encuentra un niño presa del abuso.

Por otra parte, al tomar conocimiento de este tipo de patologías donde está implicado un menor, también se plantea la necesidad de informar a las autoridades judiciales, a fin del resguardo del niño y proteger la integridad de su salud.

Este tipo de vínculo patológico entre la madre y el niño, reviste ciertamente, un riesgo de vida de considerable importancia para el niño. Puede ver afectada tanto su salud física (por las secuelas de los innumerables estudios a que es sometido) como su salud psíquica (con consecuencias tanto en la estructuración subjetiva como en su representación del cuerpo).

En el desarrollo normal de todo ser humano, la dependencia, no sólo física sino afectiva del niño respecto del adulto, promueve un tipo de vínculo que en los comienzos de la vida resulta de fundamental importancia y sin el cual, el niño queda librado a la indefensión. Esta dependencia respecto del otro, puede volverse patológica cuando la relación entre ambas partes adquiere formas en las cuales la omnipotencia materna anula cualquier tipo de deseo de parte del niño. Tal sometimiento promoverá, de acuerdo a la historia vital de cada individuo, distintas clases de padecimiento. El otro materno, se vuelve aquí el amo exclusivo del deseo del niño. La dependencia, se volverá violencia, mediante un aplastamiento del yo del niño quién pasivamente sufrirá por amor a la madre.

La apropiación del cuerpo del hijo, por parte de la madre impide la construcción de cuerpos y espacios diferenciados. Aquello que en el origen responde a una necesidad de libidinizar el cuerpo del hijo para que sea motor del desarrollo psíquico, deviene un cuerpo cuya característica es ser objeto del goce materno. Es decir, el cuerpo sufriente del hijo, se enlaza a alguna forma de satisfacción inconsciente para la madre y a algún tipo de beneficio secundario ligado a la necesidad de someter y someterse al saber del otro, saber médico en este caso, que resultará insuficiente para responder a la demanda de la madre.

Resulta significativa en las historias clínicas de estos casos, la ausencia del padre en tanto función simbólica, que permita intervenir en el vínculo simbiótico establecido entre la madre y el niño.


CONCLUSION

La violencia y el abuso, pueden enmascararse bajo las formas del amor. ¿Quién puede amar más que la madre? Esto es lo que está puesto en cuestión.

Que el niño sea objeto de amor para la madre es un complejo proceso de construcción subjetiva, que puede verse anulado bajo ciertas circunstancias y devenir para el niño sumamente riesgoso, tanto para su vida física como para su futura vida psíquica. Aquello que en lo manifiesto se presenta como un discurso amoroso y de protección por la salud del niño, puede eventualmente develar un deseo de muerte, siempre anónimo, desconocido, cuyo objeto recae en el hijo y que eventualmente éste, puede apropiarse como un deseo propio y recaer en alguna forma autodestructiva o en la repetición del mismo recorrido de atenciones médicas y hospitalarias que constituyeron su historia personal.

Retomando aquello que mencionábamos al principio, el amor, a veces, puede bordear el camino de lo patológico. Cuando el lazo que se establece ubica a uno de los partenaires en la posición de objeto, su lugar es de víctima, y cuando esta violencia se establece en el vínculo madre-hijo, como en el caso del Síndrome de Münchausen, los riesgos futuros adquieren mayor envergadura.


BIBLIOGRAFIA CONSULTADA

1) Ascher R.: Munchausen's syndrome. Lancet 1951; 1:339-34
2) Meadow, R.: Munchausen syndrome by proxy: The hinterland of child abuse.
Lancet, 2, 342-345
3) Fudín, Mónica: "Bajo sospecha". Maltrato infantil: Síndrome de Münchausen. Rev. Psicoanálisis y el Hospital, Año 7 Nº 14, 1998.

16/9/19

La Realidad Y La Fantasía En El Trauma De Seducción Por Un Adulto


Freud sostiene que tanto en las neurosis traumáticas como en las neurosis de transferencia (neurosis histérica, neurosis fóbica y neurosis obsesiva) los pacientes se encuentran fijados al trauma y que por este motivo se repite el fragmento de la vida que fue penoso.
Define al trauma como una cantidad de excitación que excede la capacidad del sujeto para controlarla y derivarla psíquicamente y, respecto de las neurosis traumáticas, señala que ante un suceso se produce una afluencia tal de excitación que el aparato psíquico no puede tramitar las excitaciones según el principio de constancia. Por este motivo, este aflujo de excitación obliga al aparato anímico a realizar una tarea que está más allá de este principio y que consiste en ligar la excitación de forma que sea posible la descarga. La repetición en los sueños en que el sujeto revive la situación traumática es atribuida a la compulsión de repetición.
Con respecto a las neurosis de transferencia Freud le va a dar dos tiempos a la acción del trauma: un primer momento es en la sexualidad infantil y el segundo momento es posterior a la pubertad. En una primera escena, llamada de seducción, el niño sufre una tentativa sexual por parte de un adulto sin que esta escena sea penosa cuando transcurre. La primera escena se tornará penosa con posterioridad a la pubertad y a partir de una segunda escena que la evocará por algún rasgo asociativo confiriéndole un valor traumático. Lo traumático no es la escena misma sino su recuerdo, y es por este motivo que Freud va a decir que las histéricas sufren de reminiscencias.
También con respecto a las neurosis de transferencia, en una primera época Freud consideraba al trauma como un hecho acontecido, suponía que sus pacientes habían experimentado determinadas situaciones que provocaban el trauma. Estas situaciones eran de carácter sexual y el trauma era el de seducción, pero con posterioridad a esto le escribe una carta a Fliess en donde le dice “mis neuróticas me mienten”.
Freud se encuentra con que lo traumático no tiene que ser un hecho que haya ocurrido necesariamente, sino que lo traumático puede ser una fantasía, y es entonces cuando le otorga veracidad a la mentira: estas mentiras tenían realidad psíquica, no importaba si el hecho hubiera o no acontecido, lo que importaba era el valor de verdad de estas fantasías y el efecto que tenían en sus pacientes. Un hecho o una fantasía cobra brillo a partir de lo actual, es decir que algo pasó, pensó o imaginó durante la infancia y cuando en la actualidad de la vida adulta acontece algo que se liga asociativamente con la escena anterior, la primera se torna traumática. Lo que hace el factor desencadenante es encadenar algo que había quedado, y no se trata necesariamente de un acontecimiento real.
El concepto de realidad psíquica refiere a una realidad regida por el deseo, y a partir de que Freud se encuentra con estas “verdades falsas” también se encuentra con que hay determinadas fantasías que se repiten y a las que llama fantasías primitivas, originarias, primordiales o protofantasías, entre las cuales se encuentra la fantasía de seducción por un adulto que responde al enigma del origen de la sexualidad.
Si bien la realidad psíquica refiere a lo que es una verdad de ese sujeto, resulta obvio que fantasía y realidad no pueden homologarse fuera de un contexto terapéutico, y menos aún en un contexto judicial en el que un otro termina involucrado ya no en una escenificación de deseo sino en una acción delictiva.
De acuerdo a la Ley 25.852 que introdujo en el Código Procesal Penal de la Nación con el art. 250 bis el procedimiento de Cámara Gesell, los menores de hasta 16 años deben prestar su declaración una única vez, la cual debe ser grabada en audio y video, con la finalidad de evitar la posibilidad de que se produzca una revictimización originada en múltiples declaraciones e interrogatorios. La entrevista debe ser realizada exclusivamente por profesionales de la psicología, específicamente por los peritos psicólogos oficiales que integran el Cuerpo Médico Forense en el ámbito de la justicia nacional o las Asesorías Periciales Departamentales y Cuerpos Técnicos Auxiliares en el caso de la jurisdicción provincial. Tanto la defensa como la querella o particulares damnificados pueden designar peritos de parte, quienes siempre se encontrarán en el recinto contiguo al consultorio donde se realiza la entrevista al niño, y por lo tanto podrán seguir el desarrollo del relato que la supuesta víctima realice.
En lo que refiere específicamente a las entrevistas destinadas a la investigación de abuso sexual de menores, es de primordial importancia que la misma sea realizada conforme a un protocolo desarrollado con esta finalidad como el del NICHD, el cual constituye un instrumento capaz de reducir a un mínimo la posibilidad de inducciones y sesgos en los contenidos obtenidos, los cuales también deberán ser analizados de acuerdo a la Psicología del Testimonio.
En la tarea pericial de analizar la credibilidad de las declaraciones obtenidas en cámara gesell resulta de importancia fundamental aplicar, por un lado, los criterios de técnicas como el SVA-CBCA, pero sin que esto signifique dejar de tener en cuenta aquellos recursos con los que también se puede llegar a un mejor discernimiento respecto de una verdad real.
Esta tarea tiene que ver con poder escuchar diferencias y con tener presente que en una neurosis traumática es el mismo trauma el que posee la parte determinante en el contenido de los síntomas. Así como Freud le da dos tiempos a la acción de un trauma, también señala que existe una relación de complementariedad entre esos dos momentos y que, en el caso de las neurosis infantiles, no hay un diferimiento temporal y la enfermedad se contrae como consecuencia directa de la vivencia traumática.
Estas diferencias remiten a las que también surgen en la clínica de lo traumático: cuando en las neurosis de transferencia se produce una emergencia de un sueño de angustia el sujeto asocia en análisis y por lo tanto se lo puede trabajar como cualquier otro sueño. La presencia de angustia insta al trabajo en análisis y puede verse que muchas veces el paciente está esperando el momento de la sesión para contarlo y elaborar esto que se presenta en su sueño. En el caso de los sueños propios de las neurosis traumáticas no hay asociaciones, siempre aparece lo mismo: el sujeto lo refiere directamente a la vivencia traumática que ha atravesado.

Bibliografía de Referencia:
Freud, Sigmund, Obras Completas
Laplanche y Pontalis, Diccionario de Psicoanálisis
UAJFK – Psicopatología I, Psicología Profunda I, Psicología Clínica.

Esta obra cuyo autor es Lic. Germán G.De Stéfano está bajo una licencia deReconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional de CreativeCommons.
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27/3/19

Mobbing o Acoso Laboral: "Trabajo Del Perverso" por Carlos E. Barbato


Trabajo del perverso
El autor examina el acoso moral en el trabajo, “esa exposición repetida y persistente a un tenaz envilecimiento por parte de quien detenta posiciones laborales superiores”: tras la imagen del acosador, discierne la figura del perverso y la acción del “elenco” que permite su accionar.
Por Carlos Enrique Barbato*

El llamado “acoso moral en el trabajo”, mobbing, “psicoterror” o “violencia laboral” consiste en una exposición y sometimiento repetido y persistente a un paulatino y tenaz envilecimiento de las condiciones de trabajo por parte de quien detenta apoyo o posiciones laborales superiores. Con intención de causarle –en forma a veces sutil o poco notoria– daño, sufrimiento o lograr su deserción del ámbito del trabajo. Lo que a menudo provoca perjuicios en la subjetividad del acosado y también de forma mediata, a la organización en la que se comete. Actos que son más difíciles de advertir cuanto más alto es el nivel cultural y social de los involucrados. Tal como es afirmado desde diversos dominios, lo anterior parece ser consecuencia de cómo se han establecido globalmente las relaciones laborales en las últimas décadas: basadas en competitividad, eficientismo y lábil apego a la ética. Pero hemos reparado en el hecho de que, a pesar de la vastísima bibliografía que circula en relación con el tema, escasos aportes provienen del campo del psicoanálisis. Intentaremos sumar con este ensayo nuestra opinión al respecto.
El proceso tiene un cierto ritmo, una cadencia, una forma bajo la cual habitualmente se presenta. En primer lugar, es escogida una víctima, la cual es aislada, segregada, hostilizada, humillada, culpabilizada y desacreditada frente a sus pares. En segundo término, hay que advertir que el acosador no puede lograr su propósito si no es con ayuda de un elenco. El acosador necesita, para segregar al sujeto así elegido, inacción o colaboración de parte del grupo, de quienes, por acción u omisión, participan en este acto de marginación. Generalmente la vergüenza o el temor a pasar él a ocupar ese lugar, en caso de no participar, vale como incentivo suficiente para permitir al acosador continuar con su tarea. Se establece de esta manera un pacto, la mayoría de las veces no explicitado, no formulado: un pacto de hecho cuya primera cláusula es el silencio tolerante o cómplice. En tercer término, entonces, un ingrediente fundamental que acompaña todo el proceso: el silencio. La palabra es lo que permite desarticular el juego, como generalmente ocurre cuando la víctima se decide a hacer pública su situación.
Ese proceso de acoso revela una gran eficacia para constituirse en factor desencadenante de diversos síntomas: el padecer del sujeto acosado ha sido descripto habitualmente como pérdida de interés en el trabajo y en las cosas que del mundo le interesaban, con episodios de depresión, vergüenza, retraimiento del entorno, dolor moral, irritabilidad, insomnio, sentimientos de ira, fantasías de venganza, rencor e incluso reacciones agresivas. Asimismo, estrés y síntomas y síndromes físicos, que pueden redundar en infartos y enfermedades graves. Como también alteraciones del confort en las relaciones sociales en general, lo cual indica que el sufrimiento nace en el ámbito de trabajo pero lo desborda, en tanto se instala sintomáticamente en cada sujeto.
Acoso y perversión
Partimos de la suposición de que, sin perjuicio de tener en cuenta el caso por caso –lo cual es insoslayable– no cualquier sujeto actúa con persistente voluntad de infringir daño o acosar en el ámbito del trabajo. Supondremos que se trata de actos provenientes a menudo de sujetos con una estructura psíquica perversa, los cuales se manifiestan con una “voluntad de goce” –como la designa Jacques Lacan– que es ejercida sobre un sujeto con una modalidad de posicionamiento claramente diversa en cuanto a su adhesión a la ley.
Respecto de la modalidad de estructuración perversa: recordemos que se trata de un sujeto que logra, con gran pericia, conmover al otro y movilizarlo hacia la angustia. Se desempeña con celeridad y eficacia, sin arrepentimientos y sin la torpeza y las dudas que surgen en el neurótico. Mientras éste duda, aquél lo lleva hacia un punto que se encuentra más allá de sus deseos reconocidos. Ya que como es sabido, “la neurosis es el negativo de la perversión” tal como Freud lo planteó ya en 1896 (carta 52 a Fliess).
En el neurótico, el fantasma es esencialmente perverso; es de esta manera como se imagina asiduamente a sí mismo, pero en secreto, en su mundo privado, solitario. Un secreto modo de goce con el que no hace lazo. Para el perverso, en cambio, el fantasma es antes que nada público, compartido con otro, hace lazo con él; se relaciona para singularizarse, y lo logra si incluye un partenaire en su escenificación, en la seducción, en la corrupción o en el quiebre del otro en su convicción moral o ética, cuando le es concedido o no.
El acosador, por su parte, se plantea el problema de cómo angustiar, herir al otro, para lo cual se afana en estrategias y tácticas que sigue religiosamente. El otro elegido para acosar suele ser considerado por el agresor como un obstáculo a sus propósitos y/o como envidiable. Es decir, considera a la víctima en algún aspecto como excepcional. Pero esa “excepcionalidad” es la carnada que el neurótico muerde con deleite. La falta de reacción o la reacción demorada, procrastinada, de este último, tiene que ver con esa posición en que ha sido colocado inicialmente por el agresor pero también por otros, en los albores de su vida. Posición que espera poder conservar o recuperar.
La angustia incontrolable en que suele redundar el acoso para el neurótico es una tácita aceptación e identificación con el objeto dilecto que es para el Otro, lo cual se le presenta en este contexto sin mediación simbólica, en medio del fracaso en que ha caído cualquier intervención simbólica.
Ahora bien, si al acosado, neurótico, le corresponde actuar conforme y a sabiendas de su responsabilidad de sujeto deseante, al acosador, del mismo modo que al perverso, no siempre le queda claro a qué amo presta servicio cuando hostiga en el ámbito del trabajo. Como sostuvo Lacan, “el perverso no sabe al servicio de qué goce ejerce su actividad. En ningún caso es al servicio suyo” (Seminario “La angustia”, 1963). Su sensación puede ser la de que “está liberado”, pero es un engaño. Está preso de su cometido: realizar el goce del Otro, tarea que se le impone como premisa ineludible y por la que milita sin desmayo. Lacan lo designa, por esta causa, como el último gran creyente. Cree en el goce del Otro, en el goce de un Dios que exige el sacrificio; pero con esta creencia fanática, esta voluntad de goce, logra escabullirse del reconocimiento de la castración de ese Otro. Su Otro es así sin tacha, sin barra.
Es muy probable que esto mismo sea lo que ignora el acosador, quien quizá presumirá, disociándose, de que presta en su función una inestimable tarea; así puede haberlo supuesto también cualquier torturador durante la dictadura. Por otro lado, el perverso transforma su sufrimiento en goce y su falta en plenitud. Triunfa sobre las desdichadas condiciones de su nacimiento, sobre su derrota inicial; es, en definitiva, un sobreviviente, como todos, pero él, además, lo sabe.
Accede a una erotización de esa derrota inicial. La función paterna funcionó con el déficit que le propinó quien cumplió con la función materna. Condenado a una errancia ante la Ley, se aferra a la gracia de un goce, se inventa una Ley del Goce. Se inventa un deseo de vivir donde sólo hubo para él deseo de muerte, pura pulsión de muerte. Metamorfosea las amenazas de muerte en promesa de goce y el horror a la castración –que amilana al neurótico– en más goce por venir. Esta es su desmentida ante la castración. El que pierde, gana, podría ser su lema. No hay interrupción, hay continuidad, movimiento infinito.
Para el neurótico, se trata de la aceptación de la Ley –fidelidad– a cambio de protección. En cambio, en el perverso la protección ha fallado, lo que provoca que se afirme en su falta de fidelidad y en la renegación. El otro le es necesario para sentirse un sujeto, pero un sujeto que es militante de la continuidad entre deseo y goce. Lo suyo es avergonzar, asquear, desmoralizar y asegurarle al otro que asco, vergüenza y moral no son construcciones firmes. Ya que para él un deseo que no termina en goce –es decir, ignorando el límite que le permitió constituirse como deseo– no es verdadero, es una mentira. De esta manera, el neurótico es subestimado y considerado como mentiroso, porque no se atreve a gozar verdaderamente, hasta el final.
El valor máximo está asentado en el goce, porque le permitió sobrevivir. Por el goce admite cualquier sacrificio y rechaza cualquier debilidad o desfallecimiento. No se trata de una Ley humana, es una ley natural que dice: es obligatorio gozar; se trata de una exigencia de goce.
“Disculpe, pero...”
El acosador así como el perverso tienen habitualmente una altísima consideración de sí mismos; suponen que el mundo y su propio entorno deberían estarle agradecidos. Esta arrogancia y esta autocomplacencia les permiten disociarse y ponerse a sostener un semblante de bien fingida comprensión del dolor ajeno. No es raro que, en momentos en que sienten máxima autocomplacencia, den lecciones de moralidad y de actos correctos, lo cual no es más que otro recurso utilizado para provocar la división subjetiva de su víctima.
Como resultado de lo anterior, suelen lograr eficacia con respecto al manejo de lo formal de las normas de la institución en la que se desempeñan. Esto nos recuerda la exterioridad que la ley tiene para el perverso. Sólo en el momento del juicio, o como consecuencia de ser increpados por el entorno, comienzan a considerar que quizás se hayan excedido, que han cometido un error de estrategia. El pedido de disculpas que pronuncian muchas veces sólo busca morigerar el entorno para continuar, infinitamente si es posible, su cometido.
El deseo de reconocimiento, admiración y protagonismo los lleva muchas veces a realizar grandes concesiones al entorno: a veces es difícil imaginarlos en su accionar agresivo.
El acoso moral constituye en todos los casos un abuso de poder, algo que afecta la ética concebida en el seno de una institución; resulta perjudicial para los sujetos que la integran y para la misma institución, por su carácter disgregante. Es la instalación de la inseguridad, la amenaza y el miedo, que se extienden eventualmente más allá de los límites de la institución. Por eso, la institución que toma recaudos con respecto a este fenómeno salvaguarda a sus integrantes, se protege a sí misma y, en forma mediata, favorece al entorno social. Es algo a lo que hay que ponerle palabras, denunciar: poner palabras al acto es la única manera de establecer una ética que permita la convivencia.

Bibliografía específica
Barbato, C., Escritos fuera de sus archivos, Ed. Universidad Nacional de Rosario (UNR), 2003.
Barreto, M., “Uma Jornada de Humilhaçoes”. En:
www.assediomoral.org, 2003
Braunstein, N., Goce, Argentina. Siglo Veintiuno Editores, 1990.
Fernández A., “El acoso moral en el trabajo”. En:
www.conaduargentina.org.ar.
Hirigoyen, MF., El acoso moral en el trabajo, Ed. Paidós, 2006.

* Psicólogo; Facultad de Psicología, Universidad Nacional de Rosario. Extractado de un artículo publicado en la Revista Argentina de Psicología, editada por la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (APBA).
Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-136334-2009-12-03.html

26/9/13

Sobre El Caso Del Niño De 6 Años Para El Que La Madre Pidió Cambio De Sexo En DNI. La Opinión Del Psicoanalista Harry Campos Cervera

La opinión del psiquiatra y psicoanalista Harry Campos Cervera (Asociación Psicoanalítica Argentina) sobre el caso del niño de seis años cuya madre solicitó el cambio de sexo en el Documento Nacional De Identidad, indicando que su hijo se percibe a sí mismo como mujer.
Los detalles del caso pueden encontrarse en el link.




26/4/13

Chicos Violentos - Tercera Parte

Audio del programa "Dialogando" con la conducción del Dr. Ricardo Dealecsandris. Invitadas: Dra. Amelia Haydée Imbriano; Decana del Dto. de Psicología, Psicología Social y Psicoanálisis de la Universidad Kennedy; Directora de la Maestría en Psicología; consultora y directora de investigaciones en universidades americanas y europeas.
Dra. Paula Winkler: Doctora en Derecho y Ciencias Sociales, Magister en Ciencias de la Comunicación; es profesora e integra grupos multidisciplinarios de investigación de temas sociales en la Universidad Kennedy.




11/2/13

Delirio y Alucinación: Verdades Históricas

El delirio es una “…perturbación del contenido del pensamiento, producto de un juicio desviado y tendencioso, que elabora una trama más o menos compleja, más o menos verosímil o absurda, pero siempre patológicamente errónea, y de cuya realidad el enfermo tiene una completa certeza y se mantiene irreductible en sus convicciones.”
Respecto del juicio puede señalarse que cumple su función por medio de dos etapas. La primera etapa de elaboración se realiza a través de la relación e identificación y la segunda etapa crítica se cumple por medio de la comparación y valoración.
Respecto del error patológico lo que puede decirse es que el mismo se diferencia del error normal en que es irreductible, no es alcanzado por la experiencia, ni por la demostración, ni por la persuasión.
Este error patológico se deriva de la falla de la función judicativa que se evidencia en el sujeto delirante por una comparación y valoración desviadas.

Estos conceptos, si bien tienen una gran importancia en el momento de determinar acerca de la existencia de una ideación delirante, y junto con otros conceptos vinculados con el grado de sistematización del delirio, su argumento y mecanismo de formación predominante, etc. pueden también orientar hacia un diagnóstico, no deja de tener importancia poder llegar a saber algo sobre el por qué de su contenido y argumento, aún cuando esto constituya únicamente una inquietud del examinador, y hasta pueda ser irrelevante respecto de las conclusiones periciales relativas al estado mental del imputado en el momento de los hechos que motivaron su detención.

Construcciones en Psicoanálisis (1937) es uno de los textos en los que Freud sostiene que el delirio debe su poder de convicción a un elemento de la verdad histórica que se viene a insertar en el lugar de una realidad rechazada. El delirio viene a llenar este vacío y en este sentido Lacan dirá que el delirio es una metáfora suplente. Freud dice que debe su poder al elemento de verdad histórica que han traído del pasado primigenio, de lo anterior a la represión primaria. El delirio, por un lado en el lugar de una realidad rechazada, en el lugar de lo no inscripto y, al mismo tiempo, dando cuenta de esa verdad primigenia.
En este mismo sentido Freud sostiene respecto de las alucinaciones que lo que se presenta es algo visto u oído, algo vivenciado por el sujeto, y es de esta manera que afirma que tanto las alucinaciones como los delirios son verdades históricas, por "algo" se alucina una cosa y no otra, siendo el delirio contrainvestidura y por este motivo también restitutivo. En el Manuscrito H Freud habla del delirio como contrainvestidura y de la homologación del delirio con el Yo en tanto plantea precisamente al Yo como contrainvestidura.
De aquí partirá el trabajo de poder relacionar la temática delirante con la historia y llegar a saber algo acerca de la manera en que determinados acontecimientos y relaciones condujeron a la enfermedad actual y así, tal vez, poder encontrar en algún caso una explicación que traspase la frontera del diagnóstico y nos acerque a un por qué.


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20/10/12

Bullying: El suicidio de Amanda Todd



Amanda Todd, adolescente canadiense de 15 años y víctima de bullying, se suicida hace algunos días luego de haber publicado un mensaje desesperado por medio de un video en Youtube.
No existe demasiada información acerca de otros detalles ya que, probablemente con un acertado criterio, no ha trascendido siquiera el método empleado para la comisión del acto suicida.
A pesar de ello, el caso llama la atención por una constante que se evidencia a lo largo de la narración de una historia que la víctima expone en el video que termina anticipando lo que fue el desenlace final. Esta constante son las ausencias.
En este video se cuenta una historia escrita que parece expresar lo inmodificable, aquello que estará ahí para siempre, igual que la imagen distribuida por el acosador y que, tal como dice más adelante, nunca podrá recuperar porque “está ahí afuera para siempre”. La difusión de esta imagen desencadena diversos trastornos entre los que se mencionan un estado de ansiedad, depresión mayor y un trastorno con pánico.
Comienza a consumir drogas y alcohol, comienza a cortarse, a aislarse, se producen cambios de escuela, y ataques y humillaciones por parte de compañeros, como consecuencia de los cuales dice haberse sentido “una broma en este mundo”. Menciona por primera vez el deseo de muerte y un intento de suicidio por medio de la ingesta de un blanqueador por lo que es internada durante dos días en el hospital. Al regresar a su casa puede ver que en Facebook se decía que lo merecía y que esperaban que estuviera muerta, la etiquetaban y posteaban imágenes de Clorex, decían que debía tomar un blanqueador diferente para que esta vez muriera.
Continúa el aislamiento, se incrementan la ansiedad y la depresión y refiere cortarse en forma constante, se pregunta por qué continúa todavía aquí y, encontrándose medicada con antidepresivos y en tratamiento psicoterapéutico, recurre a una sobredosis de  medicación para un nuevo intento suicida por el que queda internada durante dos días.
Señala que no tiene a nadie, que necesita a alguien y que su nombre es Amanda Todd, finalizando con tres imágenes: los cortes expuestos, luego cubiertos con una venda en la que se lee “hope”, y por último el brazo sin cortes ni vendas en el que se lee “stay strong”.
Decía al comienzo que una constante son las ausencias. En todos los casos falta una tercera instancia posibilitadora y no hay salida. El acosador se convierte en otro omnipresente, con el que nadie puede. Los únicos intentos de encontrar una salida posible parece ser el escape, los cambios de escuela y de ciudad, pero él reaparece, está en todos lados y parece ser más que una persona.
El abuso de sustancias probablemente funciona como un intento de automedicación. No se trata de una adicta, no se busca el placer sino escapar de un padecimiento y del displacer, pero nadie aparece en la escena otorgando una vía de salida, haciendo posible un corte simbólico para que el mismo no se produzca, de una forma tan recurrente como fallida, en lo real del cuerpo.
Nadie apareció en la escena promoviendo la separación de una red social y de la imagen.
Un diagnóstico de depresión mayor, dos intentos de suicidio realizados con medios potencialmente letales y un claro criterio de internación, pero nadie toma una decisión necesaria y, al parecer, tampoco nadie ejerce vigilancia alguna sobre la medicación ni es advertido sobre la posibilidad de que un paciente que presenta una ideación suicida utilice los antidepresivos prescriptos para llevar adelante un deseo de muerte. Tampoco nadie considera la posibilidad de que en los inicios de un tratamiento se produzca un aumento del riesgo suicida debido a que la inhibición psicomotora suele mejorar antes que el estado de ánimo y la ideación depresiva.
Las ausencias son significativas y empujan hacia otro escape que no es salida, pero sí el último. Su mensaje dice “no tengo a nadie, necesito a alguien”, pero no se refiere a nadie en especial, no se refiere a una persona, se refiere a una función que le dé una salida posible para que no sea necesario escapar. La convoca. Le dice su nombre. Llama a una terceridad.


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