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27/3/19

Mobbing o Acoso Laboral: "Trabajo Del Perverso" por Carlos E. Barbato


Trabajo del perverso
El autor examina el acoso moral en el trabajo, “esa exposición repetida y persistente a un tenaz envilecimiento por parte de quien detenta posiciones laborales superiores”: tras la imagen del acosador, discierne la figura del perverso y la acción del “elenco” que permite su accionar.
Por Carlos Enrique Barbato*

El llamado “acoso moral en el trabajo”, mobbing, “psicoterror” o “violencia laboral” consiste en una exposición y sometimiento repetido y persistente a un paulatino y tenaz envilecimiento de las condiciones de trabajo por parte de quien detenta apoyo o posiciones laborales superiores. Con intención de causarle –en forma a veces sutil o poco notoria– daño, sufrimiento o lograr su deserción del ámbito del trabajo. Lo que a menudo provoca perjuicios en la subjetividad del acosado y también de forma mediata, a la organización en la que se comete. Actos que son más difíciles de advertir cuanto más alto es el nivel cultural y social de los involucrados. Tal como es afirmado desde diversos dominios, lo anterior parece ser consecuencia de cómo se han establecido globalmente las relaciones laborales en las últimas décadas: basadas en competitividad, eficientismo y lábil apego a la ética. Pero hemos reparado en el hecho de que, a pesar de la vastísima bibliografía que circula en relación con el tema, escasos aportes provienen del campo del psicoanálisis. Intentaremos sumar con este ensayo nuestra opinión al respecto.
El proceso tiene un cierto ritmo, una cadencia, una forma bajo la cual habitualmente se presenta. En primer lugar, es escogida una víctima, la cual es aislada, segregada, hostilizada, humillada, culpabilizada y desacreditada frente a sus pares. En segundo término, hay que advertir que el acosador no puede lograr su propósito si no es con ayuda de un elenco. El acosador necesita, para segregar al sujeto así elegido, inacción o colaboración de parte del grupo, de quienes, por acción u omisión, participan en este acto de marginación. Generalmente la vergüenza o el temor a pasar él a ocupar ese lugar, en caso de no participar, vale como incentivo suficiente para permitir al acosador continuar con su tarea. Se establece de esta manera un pacto, la mayoría de las veces no explicitado, no formulado: un pacto de hecho cuya primera cláusula es el silencio tolerante o cómplice. En tercer término, entonces, un ingrediente fundamental que acompaña todo el proceso: el silencio. La palabra es lo que permite desarticular el juego, como generalmente ocurre cuando la víctima se decide a hacer pública su situación.
Ese proceso de acoso revela una gran eficacia para constituirse en factor desencadenante de diversos síntomas: el padecer del sujeto acosado ha sido descripto habitualmente como pérdida de interés en el trabajo y en las cosas que del mundo le interesaban, con episodios de depresión, vergüenza, retraimiento del entorno, dolor moral, irritabilidad, insomnio, sentimientos de ira, fantasías de venganza, rencor e incluso reacciones agresivas. Asimismo, estrés y síntomas y síndromes físicos, que pueden redundar en infartos y enfermedades graves. Como también alteraciones del confort en las relaciones sociales en general, lo cual indica que el sufrimiento nace en el ámbito de trabajo pero lo desborda, en tanto se instala sintomáticamente en cada sujeto.
Acoso y perversión
Partimos de la suposición de que, sin perjuicio de tener en cuenta el caso por caso –lo cual es insoslayable– no cualquier sujeto actúa con persistente voluntad de infringir daño o acosar en el ámbito del trabajo. Supondremos que se trata de actos provenientes a menudo de sujetos con una estructura psíquica perversa, los cuales se manifiestan con una “voluntad de goce” –como la designa Jacques Lacan– que es ejercida sobre un sujeto con una modalidad de posicionamiento claramente diversa en cuanto a su adhesión a la ley.
Respecto de la modalidad de estructuración perversa: recordemos que se trata de un sujeto que logra, con gran pericia, conmover al otro y movilizarlo hacia la angustia. Se desempeña con celeridad y eficacia, sin arrepentimientos y sin la torpeza y las dudas que surgen en el neurótico. Mientras éste duda, aquél lo lleva hacia un punto que se encuentra más allá de sus deseos reconocidos. Ya que como es sabido, “la neurosis es el negativo de la perversión” tal como Freud lo planteó ya en 1896 (carta 52 a Fliess).
En el neurótico, el fantasma es esencialmente perverso; es de esta manera como se imagina asiduamente a sí mismo, pero en secreto, en su mundo privado, solitario. Un secreto modo de goce con el que no hace lazo. Para el perverso, en cambio, el fantasma es antes que nada público, compartido con otro, hace lazo con él; se relaciona para singularizarse, y lo logra si incluye un partenaire en su escenificación, en la seducción, en la corrupción o en el quiebre del otro en su convicción moral o ética, cuando le es concedido o no.
El acosador, por su parte, se plantea el problema de cómo angustiar, herir al otro, para lo cual se afana en estrategias y tácticas que sigue religiosamente. El otro elegido para acosar suele ser considerado por el agresor como un obstáculo a sus propósitos y/o como envidiable. Es decir, considera a la víctima en algún aspecto como excepcional. Pero esa “excepcionalidad” es la carnada que el neurótico muerde con deleite. La falta de reacción o la reacción demorada, procrastinada, de este último, tiene que ver con esa posición en que ha sido colocado inicialmente por el agresor pero también por otros, en los albores de su vida. Posición que espera poder conservar o recuperar.
La angustia incontrolable en que suele redundar el acoso para el neurótico es una tácita aceptación e identificación con el objeto dilecto que es para el Otro, lo cual se le presenta en este contexto sin mediación simbólica, en medio del fracaso en que ha caído cualquier intervención simbólica.
Ahora bien, si al acosado, neurótico, le corresponde actuar conforme y a sabiendas de su responsabilidad de sujeto deseante, al acosador, del mismo modo que al perverso, no siempre le queda claro a qué amo presta servicio cuando hostiga en el ámbito del trabajo. Como sostuvo Lacan, “el perverso no sabe al servicio de qué goce ejerce su actividad. En ningún caso es al servicio suyo” (Seminario “La angustia”, 1963). Su sensación puede ser la de que “está liberado”, pero es un engaño. Está preso de su cometido: realizar el goce del Otro, tarea que se le impone como premisa ineludible y por la que milita sin desmayo. Lacan lo designa, por esta causa, como el último gran creyente. Cree en el goce del Otro, en el goce de un Dios que exige el sacrificio; pero con esta creencia fanática, esta voluntad de goce, logra escabullirse del reconocimiento de la castración de ese Otro. Su Otro es así sin tacha, sin barra.
Es muy probable que esto mismo sea lo que ignora el acosador, quien quizá presumirá, disociándose, de que presta en su función una inestimable tarea; así puede haberlo supuesto también cualquier torturador durante la dictadura. Por otro lado, el perverso transforma su sufrimiento en goce y su falta en plenitud. Triunfa sobre las desdichadas condiciones de su nacimiento, sobre su derrota inicial; es, en definitiva, un sobreviviente, como todos, pero él, además, lo sabe.
Accede a una erotización de esa derrota inicial. La función paterna funcionó con el déficit que le propinó quien cumplió con la función materna. Condenado a una errancia ante la Ley, se aferra a la gracia de un goce, se inventa una Ley del Goce. Se inventa un deseo de vivir donde sólo hubo para él deseo de muerte, pura pulsión de muerte. Metamorfosea las amenazas de muerte en promesa de goce y el horror a la castración –que amilana al neurótico– en más goce por venir. Esta es su desmentida ante la castración. El que pierde, gana, podría ser su lema. No hay interrupción, hay continuidad, movimiento infinito.
Para el neurótico, se trata de la aceptación de la Ley –fidelidad– a cambio de protección. En cambio, en el perverso la protección ha fallado, lo que provoca que se afirme en su falta de fidelidad y en la renegación. El otro le es necesario para sentirse un sujeto, pero un sujeto que es militante de la continuidad entre deseo y goce. Lo suyo es avergonzar, asquear, desmoralizar y asegurarle al otro que asco, vergüenza y moral no son construcciones firmes. Ya que para él un deseo que no termina en goce –es decir, ignorando el límite que le permitió constituirse como deseo– no es verdadero, es una mentira. De esta manera, el neurótico es subestimado y considerado como mentiroso, porque no se atreve a gozar verdaderamente, hasta el final.
El valor máximo está asentado en el goce, porque le permitió sobrevivir. Por el goce admite cualquier sacrificio y rechaza cualquier debilidad o desfallecimiento. No se trata de una Ley humana, es una ley natural que dice: es obligatorio gozar; se trata de una exigencia de goce.
“Disculpe, pero...”
El acosador así como el perverso tienen habitualmente una altísima consideración de sí mismos; suponen que el mundo y su propio entorno deberían estarle agradecidos. Esta arrogancia y esta autocomplacencia les permiten disociarse y ponerse a sostener un semblante de bien fingida comprensión del dolor ajeno. No es raro que, en momentos en que sienten máxima autocomplacencia, den lecciones de moralidad y de actos correctos, lo cual no es más que otro recurso utilizado para provocar la división subjetiva de su víctima.
Como resultado de lo anterior, suelen lograr eficacia con respecto al manejo de lo formal de las normas de la institución en la que se desempeñan. Esto nos recuerda la exterioridad que la ley tiene para el perverso. Sólo en el momento del juicio, o como consecuencia de ser increpados por el entorno, comienzan a considerar que quizás se hayan excedido, que han cometido un error de estrategia. El pedido de disculpas que pronuncian muchas veces sólo busca morigerar el entorno para continuar, infinitamente si es posible, su cometido.
El deseo de reconocimiento, admiración y protagonismo los lleva muchas veces a realizar grandes concesiones al entorno: a veces es difícil imaginarlos en su accionar agresivo.
El acoso moral constituye en todos los casos un abuso de poder, algo que afecta la ética concebida en el seno de una institución; resulta perjudicial para los sujetos que la integran y para la misma institución, por su carácter disgregante. Es la instalación de la inseguridad, la amenaza y el miedo, que se extienden eventualmente más allá de los límites de la institución. Por eso, la institución que toma recaudos con respecto a este fenómeno salvaguarda a sus integrantes, se protege a sí misma y, en forma mediata, favorece al entorno social. Es algo a lo que hay que ponerle palabras, denunciar: poner palabras al acto es la única manera de establecer una ética que permita la convivencia.

Bibliografía específica
Barbato, C., Escritos fuera de sus archivos, Ed. Universidad Nacional de Rosario (UNR), 2003.
Barreto, M., “Uma Jornada de Humilhaçoes”. En:
www.assediomoral.org, 2003
Braunstein, N., Goce, Argentina. Siglo Veintiuno Editores, 1990.
Fernández A., “El acoso moral en el trabajo”. En:
www.conaduargentina.org.ar.
Hirigoyen, MF., El acoso moral en el trabajo, Ed. Paidós, 2006.

* Psicólogo; Facultad de Psicología, Universidad Nacional de Rosario. Extractado de un artículo publicado en la Revista Argentina de Psicología, editada por la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (APBA).
Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-136334-2009-12-03.html

19/6/13

Ángeles Rawson: Algunas Consideraciones Sobre El Caso


En primer lugar resulta importante señalar que todo lo que se considera en esta nota se encuentra basado en la información periodística disponible y en un informe de prensa emitido por la fiscalía, ya que hasta el momento el único imputado se ha negado a prestar declaración indagatoria. Así es que cualquier información posterior podrá producir variaciones en la lectura del caso, de manera que todo lo que pueda señalarse sólo tiene un carácter preliminar y sólo puede plantearse como una de las hipótesis posibles.
Ante la posibilidad de que los lectores no conozcan las particularidades del caso, en este link encontrarán una cronología de la evolución de las investigaciones.
Si bien al momento de publicación de esta nota se encuentra detenido el encargado del edificio de la calle Ravignani en el que residía la víctima Ángeles Rawson, desde el día del hallazgo del cuerpo de la joven en una planta del CEAMSE los medios se vieron inundados de diferentes versiones, las cuales comenzaron refiriéndose a un hecho de violación y estrangulamiento por medio de un lazo por parte de un desconocido que había interceptado a la víctima en el trayecto que va desde el campo de deportes de su colegio hasta su domicilio, habiendo sido colocada luego del homicidio en una bolsa para aparecer finalmente en una planta de procesamiento de residuos.
La versión sugería la participación de un violador de características sádicas que había llevado a la víctima a una muerte que implicaba un gran sufrimiento, para terminar siendo tratada como un objeto de desecho cuyo destino final era el de un container de residuos, el camión recolector de los mismos o la planta de reciclaje del CEAMSE.
Más adelante pudo verse que las grabaciones de las cámaras de seguridad ubicadas en el trayecto de la joven registraban su paso a metros de su domicilio y por lo tanto las investigaciones comenzaron a centrarse en el entorno de la víctima. Llamaron la atención las reacciones de algunos familiares y los discursos desafectivizados y el exceso de exposición ante las cámaras generaron una casi inmediata sospecha sobre el padrastro de la adolescente a pesar de algunas opiniones de profesionales que en los medios alertaban sobre la prudencia que se requería para emitir cualquier conclusión sobre las reacciones que se habían evidenciado.
Tal vez hoy todos concordamos que este es un punto en el que hay que evitar las conclusiones súbitas, porque cualquiera que se vea expuesto a una vivencia traumática como la pérdida de un hijo como consecuencia de un hecho de semejante violencia puede producir reacciones que abarcan toda la gama que va desde el estupor, la indiferencia los estados disociativos e inclusive cuadros de agitación y violencia, etc.
Probablemente resulte difícil para el espectador considerar una reacción tan distinta de la que, socialmente, se supone debe aparecer en un sujeto que atraviesa una situación como la que nos ocupa, especialmente cuando se evidencia un relato casi “teórico”, desafectivizado, en lugar del esperable tumulto de emociones con crisis de llanto, angustia, gritos y violencia, junto a un deseo de venganza sobre el autor del crimen.
Pero estas reacciones que se observan con menor frecuencia son en realidad igualmente legítimas aun cuando confronten al espectador con que la única respuesta posible no es aquella proveniente de la analogía con nuestro propio Yo.
En este sentido ya Freud en la Metapsicología habla de que la comprensión de lo igual se encuentra referida al Narcisismo en el punto de que encuentra su origen en el atribuir a todos nuestras mismas características, y de la misma forma que hacían los primitivos con las plantas, los animales y hasta con los objetos inanimados, constituyendo el animismo propio de los pueblos primitivos. Si bien hoy esta tendencia narcisista a la identificación sólo persiste en relación a lo más próximo a nosotros que es lo otro humano, puede verse que en ciertas ocasiones esta suposición de igualdad se quiebra cuando en situaciones extremas observamos respuestas que muestran una menor semejanza con las que desde nuestro yo suponemos normal y esperable en una cultura determinada.
La detención del encargado del edificio como supuesto autor del hecho, la información disponible sobre la autopsia según la cual no hubo violación ni estrangulamiento, sino que el deceso de la víctima se produjo como consecuencia del aplastamiento del cuerpo por los mecanismos de compactación de residuos, hicieron que ya no se consideraran las mismas características que se habían supuesto inicialmente respecto del homicida.
Si bien se desconoce aún el móvil del crimen, creo importante señalar que me resulta difícil considerar como primera opción entre las hipótesis posibles que se trató de un encargado agazapado y al acecho de una víctima, esperando el momento para el sorpresivo y brutal ataque homicida.
En algunas publicaciones se indica que el móvil del homicidio puede haber sido un intento de violación o de abuso sexual que resultó fallido como consecuencia de la resistencia de la víctima. En tal caso resultaría importante tener en cuenta algunas cuestiones con respecto al posible victimario.
En los distintos medios se ha indicado en forma reiterada que muchos delincuentes sexuales se muestran con una gran adaptación que coexiste con otros comportamientos propios de una perversión sexual y sin generar conflicto alguno en el yo del sujeto, y creo que es importante tener presente que estas características se encuentran principalmente referidas a aquellos que recurren a la seducción y al engaño, desempeñándose por lo general en los ámbitos que permiten un acceso facilitado a las víctimas que resultan de su preferencia.
Por el contrario, los violentos e impulsivos suelen tener una historia de violencia, y, aquellos sádicos para los que el cumplimiento de un ritual es condición necesaria para la satisfacción, nada es librado al azar debido a que cada detalle forma parte de una fantasía que debe ser puesta en acto: las cuerdas, los nudos que usará, la escena, y cada detalle deben ser planificados aunque siempre surja una diferencia entre la fantasía y la satisfacción lograda.
Las investigaciones, la evidencia, la posible declaración del imputado seguramente proporcionarán en los próximos días nuevos elementos capaces de llegar a una verdad posible sobre el horror. Hay que esperar.

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20/11/12

Secuestro, Tortura Y Abuso En Coronel Suárez


Una víctima ha logrado evadirse de su cautiverio luego de haber permanecido durante tres meses en una casa de la localidad de Coronel Suárez en la que refiere haberse encontrado sometida a diversas torturas, violaciones, ataduras y humillaciones; ingiriendo alimento para perros, mínimas cantidades de agua contaminada con el excremento de los animales; siendo rociada con insecticida como tratamiento para la pediculosis originada en la falta de higiene. Al escapar se encontraba desnutrida, deshidratada, con hematomas de distinta evolución, quemaduras de cigarrillos, impregnada en su propia orina, y habiendo perdido unos 30 Kg de su peso habitual.
Todo lo que puede considerarse en esta nota se encuentra basado en la información periodística disponible, ya que hasta la fecha ninguno de los imputados ha prestado declaración y la víctima se encuentra internada con asistencia médica y psicológica. Cualquier información posterior podrá producir variaciones en lectura del caso, de manera que todo lo que pueda señalarse sólo podrá tener un carácter preliminar y plantearse como una de las hipótesis posibles.
Asimismo, en los últimos días también se ha publicado que la imputada habría manifestado que “Me reprocho no haberla llevado al hospital cuando llegó tan mal”, dando a entender que las lesiones observables en la víctima podrían haber sido provocadas con anterioridad, siendo desconocidos los reales autores. En caso de verificarse lo expresado en estas declaraciones, cabe suponer que la generalidad de las interpretaciones enunciadas en esta nota podrían resultar igualmente aplicables a quienes efectivamente hubieran sido los autores de dichas lesiones.
De acuerdo a algunas publicaciones, la víctima ha tenido durante el tiempo de su cautiverio algún contacto con el mundo exterior, inclusive con integrantes de la policía, y ha sido entrevistada por uno de sus supuestos captores (la periodista) en la radio local. También habría sido, en algún momento, abandonada a varios Km como forma de castigo.
En caso de comprobarse esta información, tal vez no sólo estaríamos hablando de una víctima predispuesta por causa de diversos factores de riesgo que se desconocen sino también, hasta cierto momento de su estado de cautiverio y sometimiento, de una víctima participante.
En la pareja de los supuestos captores aparece un miembro dominante llamado “el pastor”, y otro miembro sumiso constituido por su mujer. No parece haber ningún integrante psicótico en la pareja, ya que el discurso vinculado a la religión y las afirmaciones del pastor indicando lo que “el espíritu” le dice sólo parecen buscar la manipulación de la víctima.
Ya sea que se trate de una secta o solamente de la voluntad de crearla, lo que resulta evidente es la presencia de un líder carismático, una cómplice que lo define como un dios y la reducción de un tercero-víctima a una posición de objeto, quien sólo consigue escapar cuando se encuentra al borde de la muerte.
El líder promete una supuesta “gloria divina” y mediante una manipulación lograda por medio de la redefinición de algunas palabras exige “derrumbar fortalezas”, las cuales son “mentiras del enemigo que usa a muchos predicadores”, destacando que en lugar de darle esto a la víctima “tipo prédica”, “se lo manda como dijo el espíritu”. Probablemente con esto último se refiera a producir el derrumbe de esas fortalezas por medio de la acción sobre la psiquis y el cuerpo tratados como objeto. Cuando la víctima quiere decir “basta” ya es tarde y, por muy poco, “demasiado tarde”.
El sujeto neurótico siempre está buscando un líder, un dios, un ideal, un dueño de “la verdad”, un sujeto “incastrado”, completo, que le garantice que lo imposible es posible, que le proporcione la ilusión de que existe una forma de estar más allá de una falta estructural.
Tanto la cómplice como la víctima parecen ubicarse en este mismo lugar y en la misma búsqueda, encontrándose con un “dios”  que de una forma o de otra las lleva a la acción, una entregando su dinero y sus propiedades, su psiquismo y su cuerpo. Otra perdiéndose a sí misma en la fascinación por ese mismo líder y pasando a convertirse en cómplice y activa victimaria aunque, probablemente, en el tiempo inicial de su relación con este líder no haya sido más que otra víctima.
La información que aparecerá en los próximos días, las declaraciones de los imputados, el testimonio de la víctima y lo que pueda llegar a saberse acerca de la historia personal de cada uno de los involucrados seguramente aportarán elementos que podrán dar una mayor consistencia o desvirtuar estas ideas iniciales.
Sea como fuere, lo importante será evitar súbitas conclusiones y diagnósticos instantáneos. Pero indudablemente es un caso que nos confronta con lo que está más allá de las palabras, con un sujeto ubicado y tratado como objeto. Lo más rápido sería decir, basándonos en una fenomenología, que se trata de una pareja de psicópatas con un efecto devastador en una víctima. Pero podemos tratar de pensar acerca de lo que pueda haber más allá de las conductas. Por mi parte ubicaría al líder en el terreno de la psicopatía y la perversión; y a la cómplice y a la víctima del lado de la neurosis. Llegarán las pericias y por ahora no está mal que queden más preguntas que respuestas. Hay tiempo. Hay teorías. No hay dioses.



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